Gloria y tragedia de un emperador
1863
El 12 de junio de 1863 México dio la bienvenida a Maximiliano y Carlota. Para conmemorarlo se levantaron majestuosos arcos del triunfo en distintas calles de la ciudad. Uno de los más bellos se colocó casi en la esquina del callejón de Betlemitas (Filomeno Mata) con la calle de San Andrés (Tacuba).
El arco fue llamado De las flores y se construyó en honor de Carlota. En medio tenía un medallón con el busto en relieve de la emperatriz; en la parte superior una escultura de las tres gracias y, a los lados, macetones con plantas.

¡Quién iba a pensar que cuatro años más tarde, la capilla del hospital de San Andrés, que se encontraba frente a esa misma esquina, recibiría el cadáver de Maximiliano!
Tras su fusilamiento el emperador fue llevado al convento de las Capuchinas de Querétaro para ser embalsamado. Sin embargo, en el trayecto a la Ciudad de México el carruaje en el que venían sus restos se volcó y el cadáver terminó en un arroyo. Para remediar los daños y evitar reclamaciones del gobierno austriaco, al llegar a la capital fue llevado a San Andrés para ser embalsamado por segunda vez.

Al término de este proceso, Juárez llegó una noche a ver el cuerpo. Con la mano derecha la midió de la cabeza a los pies y luego comentó: "Era alto este hombre pero no tenía buen cuerpo: tenía las piernas muy largas y desproporcionadas". Después de guardar silencio unos momentos, concluyó: "No tenía talento porque aunque la frente parece espaciosa, es por calvicie".
A los pocos días el cadáver de Maximiliano fue entregado al representante del emperador de Austria.