Placeres para el cuerpo
1824
Al igual que otros hospitales, el de Nuestra Señora de Belén estaba en una zona de la ciudad donde el agua era muy abundante, lo que facilitaba lavar la ropa de cama y mantener limpios a los enfermos.
Dentro de su convento los Betlemitas también tenían piletas decoradas con azulejos poblanos que eran conocidas como "baños de los placeres". Estaban ubicadas al lado de la cocina porque ahí se calentaba el agua para la bañera. Los placeres eran una especie de spa novohispano. Quien los usaba no lo hacía por higiene si no por salud, para relajarse y pasar un rato agradable. Durante la época colonial muy pocas personas se bañaban y si lo hacían, eran unas cuantas veces al año.

No es casual que esta abundancia de agua moviera a algunos particulares a pedir permiso al ayuntamiento para abrir varios baños públicos en los alrededores del convento. Muy famosos fueron los baños de placer, medicinales y de vapor que el doctor Manuel Codorniú abrió en 1824 en una casona del antiguo callejón de Betlemitas.
En la parte que había ocupado la antigua escuela de estos religiosos también funcionaron durante muchos años unos baños públicos con salas independientes para hombres y mujeres. Este negocio tenía 19 cubículos con sus puertas y tinas de madera forradas de plomo.

Por lo general, este tipo de baños eran oscuros, malolientes y neblinosos debido al vapor que subía de las tinas. El agua fría o caliente podía llegar a través de una cañería, mediante una abertura en la pared o ser acarreada en cubetas por los mozos o temazcaleros. Algunos establecimientos proporcionaban jabón y estropajo; en otros, los bañistas debían llevarlos. Si la mugre era muy abundante era necesario tallarse con un pedazo de tezontle o una piedra pómez.