Los barbones
1687
Como su fundador, los hermanos Betlemitas debían ser virtuosos, humildes, vivir de limosnas, dedicar su vida a los necesitados, enseñar la doctrina a los enfermos y las primeras letras a los niños.
El voto de hospitalidad los obligaba a atender no sólo a los convalecientes sino a cualquier enfermo, sin importar el riesgo de contagio. Además, debían dar refugio a las personas en situación vulnerable como los peregrinos, los presos y los pobres sin importar si eran españoles, indígenas, negros o mestizos.

Su hábito era una gruesa túnica de lana color café oscuro que, del lado derecho, lleva un medallón con la representación del nacimiento de Cristo. Usaban, además, un sombrero de ala ancha y una capa con un escudo que recordaba también la Natividad, con su estrella de plata y las tres coronas de los Reyes Magos.
Como usaban barba, y no se la recortaban hasta que crecía como la de los ermitaños, la gente les decía "barbones".
Según las normas de la orden las celdas de los religiosos no debían tener llave y solamente contaban con una cama y cruz de madera, dos cobijas, una pila para agua bendita, una pequeña mesa y un taburete. La mesa tenía un solo cajón para guardar la diciplina pues durante el día los rezos se alteraban con la atención a los enfermos, las comidas, los ayunos, la flagelación y la penitencia.

Hacia 1776, el convento betlemita de la Ciudad de México contaba con 28 personas: el viceprefecto, el secretario del vicario, cuatro asistentes, un presidente, un enfermero mayor, un maestro de novicios, un presbítero, un portero, un maestro de escuela para escribir, otro para leer, el vicario del coro, un panadero, dos dementes, dos inválidos viejos, seis limosneros y tres hermanos, entre ellos un cocinero.