Vida de Virtud
1722
Pedro de Betancourt, el fundador del primer hospital Betlemita, tenía fama de santo. De niño se divertía haciendo cruces de paja y su principal preocupación era ayudar a los más necesitados.
Cuando llegó a Guatemala su primer trabajo fue en un taller donde enseñaba a los esclavos la doctrina cristiana. Aunque no logró convertirse en sacerdote, consiguió los donativos suficientes para abrir su propio hospital y escuela de primeras letras. A cualquier hora se le podía ver pidiendo limosnas y tocando su campaniñña. Como hombre de fe se dedicó en cuerpo y alma a cuidar a los enfermos y moribundos. Como maestro fue paciente y bondadoso con los niños a los que enseñaba a través del juego y las canciones.

Pedro se convirtió en un ejemplo para su comodidad. Algunos decían que hacía milagros: Que había multiplicado el dinero y la madera para construir su hospital; que la vela con la que estudiaba por las noches nunca se acababa; que hacía curas con las manos o, incluso, que había resucitado a varias personas.
Cuando murió todos fueron a ver su cadáver. El pueblo lo veneraba a tal punto que algunos se llevaron como reliquia partes de su ropa y hasta de su cuerpo. De inmediato se iniciaron los trámites para canonizarlo; es decir, para que fuera considerado santo dentro de la Iglesia católica.

Este proceso fue importante para los Betlemitas. No sólo les permitió legitimar su presencia y expansión en el continente americano frente a otras órdenes hospitalarias más antiguas, sino que la vida de su fundador se convirtió en el modelo a seguir. El amor, la caridad, la humildad y la hospitalidad serían sus valores fundamentales.
La canonización del hermano Pedro fue muy lenta. Fue declarado santo hasta el 30 de julio de 2002.